Benvinguts a Madrid (18/11/08)

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No soy sospechoso de un sentimiento nacionalista demasiado arraigado. (Eso de la «crostra» jamás me lo han aplicado ni aplicarán).

Soy -o me siento- algo así como un 30% barcelonés, un 30% catalán, un 30% español, un 30% de todos esos lugares adonde he viajado y de donde he vuelto con algo, incluso soy un 20% aragonés y un 15% sancugatenc -y subiendo-.

Cierto, sumado da más de 100. Pero ¿acaso las matemáticas pueden regir los sentimientos?

Soy de donde soy y soy como soy y, sin embargo, cada vez que aterrizo en el Aeropuerto de Madrid, mi 30% catalán dibuja un cierto regusto de venganza e incluso sonríe sin discreción.

Tanto hablar del desequilibrio entre Madrid y Barcelona (incluso en futbol está profundamente desequilibrado, a la inversa, pero desequilibrado) y resulta que los notables de Madrid aprovecharon el pelotazo de la antigua ciudad deportiva para dar un mensaje de acogida a los catalanes más catalanistas. Y es que tiene su guasa que Madrid nos reciba desde muchos kilómetros atrás con «cuatre barres».

Esos cuatro gigantescos edificios deberían estimularnos cada vez que vamos allí a vender, a convencer, a conquistar….

Es como una bandera clavada en lo alto de la ciudad. Es como decirle al rival que tú le pintas la bandera y se la pintas con tus colores.

Sintámonos así cada vez que vamos a «la capital»: vamos a un lugar al que ya le hemos vencido de algún modo.

Gracias a los arquitectos por ese subterfugio creativo.

El otro día cerraba diciendo que en la imaginación cabe todo. Y es que cabe.

Repito: haced real algo que está en vuestra imaginación antes de volver a leerme.